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Ignatius nació en una granja en las afueras de Florín. Sus principales pasatiempos eran comer panceta y atormentar al muchacho que vivía con él: "Puto inquilino, abrillanta mi silla de montar. Quiero ver mi rostro reflejado en ella."

miércoles, septiembre 27, 2006

Vida Perra, el amor

Hacía mucho calor. No era raro a principios de Julio. El parque estaba casi desierto. Llevaba más de una hora esperando, sentado en el banco que coronaba la cuesta que tenía el honor de recibir sus gráciles pasos a diario. Se estaba retrasando. Había cometido el error de ir media hora antes y, aunque había decidido cargarme de paciencia, no podía evitar mirar el reloj cada cinco minutos. Hacía más de media hora que debía haber pasado por allí. Se encendieron las alarmas. Sería un desastre que justo ese día fuera uno de los pocos en los que ella se ausentaba, pero ya se sabe como es Murphy, quizás tendría que esperar un día más de pifias perrunas. Pero podía ser peor. Estábamos en Julio, ella podía haberse ido de vacaciones. Imaginarme un mes aguantando al bicho era demasiado duro. Aunque, claro, podía darse la situación inversa, era un tipo de chica que no se suele ver por aquí (me pregunto si habrá algún sitio donde se suelan ver (lástima no creer en Dios y esas cosas...)), a lo peor había estado de vacaciones y ahora había vuelto a su ciudad o, aún peor, a su país. Me estaba poniendo frenético. A lo mejor no la volvía a ver...nunca. Miré el reloj. Habían pasado dos minutos desde la última vez. Intenté ser más positivo: hace mucho calor, cualquiera sale con el señor Lorenzo tan potente, casi no se puede respirar, esperará a que refresque, a menos que se haya ido para siempre.... Estaba insoportablemente dramático. Miré el reloj. Sólo un minuto. Todo iba muy mal.

Miré hacia abajo. Nada. Miré al bicho. Estaba más triste que de costumbre. No había movido el rabo cuando entré en el baño por la mañana, lo que suponía una agradable novedad. Ni siquiera le tuve que gritar para que no me lamiese los pies. Había estado bastante apático durante el día. Parecía que mi educación empezaba a notarse. Cuando salimos a la calle, se puso muy contento. Pero, tirando de la correa, me encargué de que se olvidase de la diversión. Ahora, estaba sentado a mis pies, con la lengua fuera. Al menos, él lo estaba pasando peor que yo. Sonreí ante la idea. Sí, ese felpudo con patas se debía estar cociendo. Yo iba en pantalón corto, pero él no podía quitarse sus millones de pelos, a menos que se los cortase, y yo no le iba a llevar a la peluquería...por lo menos hasta el invierno. Sonreí de nuevo. Miré el reloj. Habían pasado más de diez minutos.

Miré hacia abajo. Casi di un respingo. A mitad de cuesta, a menos de veinte metros, estaba ella con una camiseta de tirantes que realzaba su despampanante figura. Llevaba la boca apretada, quizás por el calor, lo que hacía que sus labios estuviesen más juntos, como dibujando un beso. Me sentí embriagado por su presencia, incapaz de creer en tanta belleza, deleitándome ante mi suerte y dando gracias por poder contemplarla otra vez. Estaba muy cerca de mí. Yo había olvidado mi plan, extasiado en la contemplación del ser más maravilloso jamás creado. Aflojé los músculos, recreándome en el regocijo de su aparición. El bicho lo notó. Como un resorte salió disparado hacia ella. Bueno, hacia la rata (cuanta estupidez para tan pocas patas). Ella miró al perro divertida. Y después, después...ME MIRÓ.

¡Qué felicidad!¡Qué sensación!. No tengo palabras. Sus ojos estaban clavados en los míos y me estaba sonriendo, A MÍ. Me quedé mudo, no podía reaccionar.

-¡Hola bonito!.-Qué voz tan prodigiosa. Se había agachado y le estaba acariciando.

Mi éxtasis se vio cortado de inmediato.¿Por qué a él? ¿Por qué a ese amasijo de pelos y babas? Yo no me habría atrevido ni a soñar que su mano podría rozarme, pero acariciar a ese ser inmundo. Le odié más que nunca. Sin embargo ella se estaba riendo y su risa era tan melodiosa, tan fresca, tan dulce, tan suave que me sentí dolorosamente feliz, a la vez que triste. Había llegado a la cumbre de mi vida. Estaba viviendo el mejor momento. El resto sería gris y oscuro a la sombra de este recuerdo. En fin, ni siquiera el perro podía enturbiar ese momento.

Entonces ella se incorporó y volvió a mirarme sin dejar de sonreír.

-¿Cómo se llama?.

¡ME ESTABA HABLANDO!¡ME ESTABA HABLANDO! Me miró un poco indecisa. Tenía que contestar.

-Qwwwehhhtrtg.

-Sí, ¿cómo se llama el perro?.

"¡Nombre!, extraño concepto, ¿bicho, chucho, ser inmundo, patetismo con patas, deleznable, repugnante, nauseabundo?"

-No tiene nombre -conseguí contestar. Ella me miró extrañada-, todavía -añadí a tiempo-. Lo estoy pensando, quiero encontrar un nombre que le haga justicia.

"¡Que le haga justicia! Seré gilipollas. No podía haber pensado nada más..."

-Me parece estupendo.

"¡Le parece estupendo!"

-¿Y el tuyo? -Soy un genio.

-Chimo.

"Chimo, vaya nombrecito. Pobre rata."

-Es muy bonito -mentí. Ella sonrió satisfecha.

-¿Te vienes a dar una vuelta?.

"Sí, sí, sí. Creo en Dios. Sí, sí, sí.¡YUPIII!."

-Bueno.

En fin, el resto se diluye en el recuerdo. Me cuesta describir tanta felicidad. Por unos instantes olvidé mi odio hacia el bicho, e incluso toqué su rata (era necesario). Paseamos durante cerca de media hora. Estuvimos hablando de un montón de cosas. Nunca había visto el parque tan bonito. Me sentía elevado, maravillado, encantado, embrujado. Verla a mi lado, respondiendo a mis preguntas, riendo mis bromas, sonriéndome sugerentemente. Cuanto gozo ver su imponente, a la par que delicada, figura. Qué delicia su sonrisa. Vaya placer su cálida voz...

Nos acercábamos al final del parque.

-¿Sueles pasear a Chimo por aquí?.- Había perdido todo el miedo. Ahora la confianza me guiaba.

-Sí, casi siempre vengo a esta hora o un poco más pronto.

"A mí me lo vas a decir".

-Pues podíamos quedar.-Por favor, por favor.

-Estaría muy bien.

"¿Muy Bien?...CAMPEONES, CAMPEONES, OEOEOEEE..."

Llegamos al semáforo. Tenía que pensar una despedida digna, algo que me permitiese insinuarme, sin ser demasiado claro, y que me sirviese para calibrar mis posibilidades.

Estaba devanándome los sesos cuando escuché el frenazo y, después, el golpe. Miré asustado pero afortunadamente, parecía que no habían atropellado a nadie. El coche estaba algo oblicuo, pero no había nadie en los alrededores. La miré para comentar el susto. Tenía la vista petrificada, en la dirección contraria al coche. Dirigí mi mirada hacia allí. Había un bulto en el suelo, a unos veinte metros. Parecía una rata. UNA RATA.

Ella se volvió hacia mí sollozando y me abrazó. Creí que mis piernas no iban a aguantar mi peso. Ni un orgasmo se podía comparar a esa sensación. El olor de su pelo. La delicadeza de su esbelta espalda. La suavidad de su piel. Quería gritar. Demostrar mi alegría. Sin embargo, algo en mi interior me hizo ver que no era del todo conveniente y conseguí controlarme. La sostuve entre mis brazos, mientras se iba tranquilizando.

Entonces pensé en la implicaciones del acontecimiento. Un coche había atropellado a la rata. La rata estaba muerta. Ella iba al parque porque llevaba a pasear a la rata. Yo me había comprado un chucho para atraerla. La había atraído, pero la rata ahora estaba muerta. Ella no iría al parque porque no tenía aspecto de ser del tipo de personas que disfrutan paseando una rata muerta. No la volvería a ver. Me comería a mi maldito perro. Necesitaba su teléfono. Necesitaba su teléfono. Necesitaba su teléfono.

-¿Por qué?¿Por qué? -era lo único que decía entre sollozos, con los ojos llenos de lágrimas.

A mí sólo se me ocurría una respuesta lógica y plausible: “¿me das tu teléfono?”, pero no encontraba el momento preciso, no veía entre que porqué introducirla, ya que la idea de colarla entre un por y el siguiente qué me resultaba obscena, teniendo en cuenta la situación. Ella seguía con sus porqués y yo volvía a estar bloqueado. Pero estábamos sentados en un banco, algo de lo que era incapaz de no disfrutar.

Al cabo de una hora, me miró. Yo intenté sonreírla compungidamente. El resultado fue una de esas muecas en las que estiras la nariz, aprietas los labios y asientes cadenciosamente. Me dio un beso en la mejilla y se levantó.

-Gracias.

"¡Me das tu teléfono".

-¿Quieres que te acompañe?.

-No, gracias.- Sonó demasiado rotundo. No era ni borde ni desconsiderado. Pero era tan rotundo que no dejaba lugar a la réplica. Asentí, repitiéndome la frase telefónica mientras se alejaba. Sé que debí haberla seguido, pero estaba tan bloqueado que ni se me ocurrió.

2 Comments:

Anonymous elpep said...

No, otra vez.

11:15 a. m.  
Anonymous Araña said...

Y yo digo, ¿por qué no vas editando las entradas para que cada relato se puede leer en orden, y no de arriba abajo?
Pep, pirate a Grecia. Di no a Grecia.

12:55 p. m.  

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