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Ignatius nació en una granja en las afueras de Florín. Sus principales pasatiempos eran comer panceta y atormentar al muchacho que vivía con él: "Puto inquilino, abrillanta mi silla de montar. Quiero ver mi rostro reflejado en ella."

jueves, julio 27, 2006

La de Dios (segunda parte)

(continuación, oiga)

-¿No vas a decir nada? -fue lo siguiente que oí.

Abrí un ojo. Allí estaba yo. Con mi camisa floreada flanqueando penosamente mi abultada barriga. Un lamparón de mermelada de frambuesa destacaba sobre el azul celeste de la manga derecha. Mi dedo gordo del pie derecho parecía una berenjena blancuzca brotando de mi mugriento calcetín. Las bermudas cubrían mis fofas rodillas. En mi cara, pegadas a mi barba de seis días, notaba algunas migas que debí pasar por alto tras comerme los bollitos. Y, coronando la escena, mi empalmada polla, cubierta por el cilindro de látex, que había aguantado todo el percance sin moverse de su sitio. Por un momento me sentí orgulloso, pero la voz me volvió a interrumpir.

-Digo que si no vas a decir nada.

El orgullo desapareció al tiempo que me invadía el mayor de los ridículos. No estaba en mi ducha. No estaba en mi casa. No estaba solo. Estaba en un lugar blanco, sobre un lecho de algodón. Un hombre mayor, calvo, con gafas de pasta negras y bigotito de fachilla, vamos un lector tipo de ABC, me miraba con una media sonrisa.

-¿QQQQQuuéé? -conseguí balbucear.

-¿QUE SI NO VAS A DECIR NADA?.

-Pues verá...-Yo estaba muy confuso.

-Pues verá -repitió el tipo imitando mi tono-. ¿Eso es todo?

-Tronco, ¿qué quieres que te diga?.

-¡TRONCO!, habrase visto.- El hombrecillo parecía molesto.

Iba a disculparme cuando noté como el condón empezaba a deslizarse, a medida que mi polla se desinflaba. La situación no era fácil.

-Tío, me estaba duchando...

-TÍO -el hombre ejercía-, vaya educación. Por no decir nada de tu uniforme de ducha.

-Normalmente me ducho desnudo -me disculpé-, pero hoy...

-Déjalo, hombre.

-No, insisto -insistí-, si es que iba a regar las plantas de mi hermano...

-Ya lo sé, pero eso no es importante.

El condón abandonó definitivamente mi cola y yo aproveché para subirme las bermudas.

-Mucho mejor -continuó el hombrecillo-. No, lo importante es que supliques.

-¿Qué?.

-Que supliques.

-¡¿Qué?!.

-Que supliques.

-¿Qué qué?.

-QUE SUPLIQUES.

-¿Cómo?.

-Como quieras.

-¿Qué?.

-QUE SUPLIQUES COMO QUIERAS.

-Tronco, lo estoy flipando.

-NO ME LLAMES TRONCO.

-¿Y como quieres que te llame?.

-Dios.

-¿Dios?

-SÍ, DIOS.

Iba a continuar con el diálogo de besugos cuando la idea no me pareció descabellada. Nunca había creído en el ser supremo, pero si existía debía tener esa pinta.

-Y te atreves a pensar en mi pinta.

No había dudas, era Dios.

-Ya te lo dije.

Es verdad, me lo había dicho.

-¿Lo ves?

Lo vi.

Diantres, la cosa volvía a empezar y ahora no sabía como pararlo, ni siquiera tenía que abrir la boca para continuar con la conversación de perogrullo. Afortunadamente, el tipo, bueno, su Grandismo introdujo un giro, algo manido, pero un giro al fin y al cabo.

-A lo que íbamos, te toca suplicar.

Decidí no repetir sus palabras exactas para evitar un nuevo brote de diálogo nulo. Modelé mi pregunta.

-Verás, digo verá...no sé exactamente a qué se refiere.

-Me refiero a que no querrás que te encuentren así.

-¿Así cómo?.

-Pues con ese aspecto, muerto en la bañera.

Muerto, caramba, que mal rollo. El aspecto era secundario. Muerto. Dios, malinterpretando mi silencio, prosiguió.

-Sí, además, debes saber que cuando falleces en erección, puedes seguir así durante horas.

Sin duda era Dios, con unas palabras era capaz de iluminarte: en dos segundos había captado la esencia del feminismo.

-Tío, digo Dios, si la he palmado me la suda como me encuentren.

-Así que eres de uno esos.

Siempre sospeché que era uno de esos.

-Qué se le va a hacer.

-Suplicar...

-Joder, con el suplicar.

-...suplicar para volver a vivir.

Coño, la cosa se ponía interesante.

-Quieres decir que si te lo suplico, borrón y cuenta nueva.

-Exacto. La única cláusula es que no se lo cuentes a nadie.

Tenía su lógica. La gente me vería con cierta envidia si supiera que era un elegido de Dios.

-No eres un elegido...

-Bueno, Dios, no empecemos otra vez. Acabemos con esto.-Dudé un rato, no sabía exactamente que decir:- Te lo suplico y eso.

Se puso todo negro y noté algo en mi boca que me impedía respirar. Abrí un ojo. Era el condón. El agua caía sobre mi dolorida cabeza.

Así fue mi primera muerte. Ya sé que muchos no os sorprenderéis, pero los que no la hayan palmado ninguna vez todavía pueden mostrarse ligeramente extrañados. Me la suda que no me crean. Ya se caerán de la bici, irán a por un vaso a oscuras o jugarán un partido de fútbol después de un cocido. Es cuestión de tiempo que se encuentren con el capullo de Dios. Lamento si algún no-ateo se me molesta, pero cuando estiren la pata acabarán por darme la razón. Pero no estoy escribiendo esto para entablar un debate metafísico. Sólo quiero contar mi historia.

La verdad es que mi “revelación” mística no afectó demasiado mi vida. Solamente sirvió para que me despreocupase un poco más. Teniendo en cuenta mi habitual nivel de despreocupación, apenas se notaron los cambios. Hubo ligeras mejoras, como dejar de mirar al cruzar la calle o no preocuparme por quedarme dormido mientras fumaba, pero nada serio. Por lo menos al principio.

Es curioso, pero en ningún momento me surgió la duda de si todo podía haber sido una alucinación provocada por el golpe en la cabeza. Teniendo en cuenta mis esquemas fundamentales, simplemente me limité a aceptarlo, como cuando le cambiaron el nombre a Mister Proper o Trecet dejó de salir por la tele.

Sin embargo, con el pasar de los días, se fue produciendo un cambio del que no fui consciente a tiempo. Cada día me sentía más confiado y la gente se dio cuenta. Esto hizo que en unos meses mi vida social -anteriormente inexistente- fuera digna de comentarse en tres o cuatro monográficos de Salsa Rosa. Todos esperaban el momento de la gran payasada: el gordo iba a subirse a esa farola, o el gordo iba a colocar en su sitio al gilipollas del portero de esa discoteca, o el gordo iba a saltar desde ese puente. En fin, poco a poco me convertí en una celebridad, que pasaba la mitad de su tiempo recuperándose en el hospital.

La segunda vez que me rompí la pierna, el médico me avisó que un nuevo golpe podría dejarme cojo de por vida. Dejé mis acrobacias con lo que perdí a mis nuevos amigos. A pesar de todos los hostiones que me pegué durante esa época, en ninguna ocasión llegué a matarme. Pero Dios no se había olvidado de mí.



(continuará continuando)

2 Comments:

Blogger manolotel said...

Divertidísimo el cuento.
Pasalo bien estas vacaciones.

3:16 a. m.  
Blogger Ignatius said...

gracias y gracias, manolotel. A ver si te gusta el resto.

12:11 p. m.  

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