Mismas reglas

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Ignatius nació en una granja en las afueras de Florín. Sus principales pasatiempos eran comer panceta y atormentar al muchacho que vivía con él: "Puto inquilino, abrillanta mi silla de montar. Quiero ver mi rostro reflejado en ella."

martes, diciembre 26, 2006

EL DÍA QUE ME DESPERTÉ Y ME SENTÍ COMO UNA CHICA DE ANUNCIO DE COMPRESAS

Hoy es un día de esos en los que estoy tranquila, a gusto de ser como soy, confiada de mis posibilidades. Ha sonado el despertador y me he dado cuenta que ya llevaba un rato despierta, sonriendo ante la multitud de opciones que me brindaba la mañana. Me he puesto en pie de un brinco y, a pesar del pequeño tirón que he sentido en la espalda, he puesto los pies firmemente en el suelo y me he sentido feliz y he querido compartir esa felicidad con todos.

He entrado al baño y me he mirado en el espejo: me he visto preciosa, guapísima. ¿Cómo pude pensar ayer que me sobraban veinte kilos? He visto mi pequeña barriga y me ha resultado sumamente atractiva. Además mi piel está firme y tersa, ligeramente bronceada. No he podido evitarlo, aunque me da un poco de vergüenza contarlo, pero me he quitado el camisón y me ha excitado el verme desnuda. Porque, aunque tengo una tripita algo generosa, ¿qué hombre podría resistirse a mis pechos, ligeramente hinchados, con este canalillo, como dicen ellos? Al juntarme las tetillas, para aumentar el efecto, he sentido un leve cosquilleo y me he dicho que mejor parar, que hay que ir a trabajar. Me he metido en la ducha con una sonrisa eufórica, tal vez inducida por lo que oí ayer por la noche en "hablar por hablar": cuatro hombres dijeron que les encantaban las maduritas con rulos.

He sentido un sobresalto al entrar en contacto con el agua, ya que estaba helada. Me he acercado a la cocina, desnuda (me río de pensarlo) y he visto que se ha estropeado el calentador. Mejor, me ducho con agua fría que estimula la circulación. Después, he cogido el modelito que no me atreví a ponerme para fin de año y me he dicho: ¡qué narices, se van a enterar en la oficina! Al ponérmelo me he dado cuenta que me queda mucho más justo que hace unos meses, más ceñido, realzando mi figura. He tardado un poco en cerrar la cremallera, porque me dolían ligeramente los riñones.

He cerrado los cerrojos de la puerta pensando en el día maravilloso que debía hacer y he tenido una corazonada: seguro que hoy sí me había escrito. He bajado los escalones de dos en dos y he tropezado en el último. Afortunadamente, no me ha pasado nada, ni me ha visto nadie (menos mal, si me ven: qué vergüenza). Me he reído de lo tonta que soy. Me he acercado al buzón conteniendo la respiración y lo he abierto con los ojos cerrados, sin parar de sonreír. Entonces he notado un sobre con mis manos. Audazmente, lo he cogido y con los ojos todavía cerrados, me lo he frotado por encima del corpiño. Entonces he escuchado una risa traviesa.

-Papá, ¿qué le pasa a la gorda?

Qué cosas tienen los críos. Al abrir los ojos he visto a mis vecinos de al lado. Son igualitos, parecen padre e hijo. ¡Claro, que tonta que soy!, como que son padre e hijo. Los dos me estaban mirando intrigados, sus ojos no se apartaban de la carta. Entonces he visto que era de Iberdrola. La he abierto. Tengo que pagar la luz antes de la semana que viene, que si no, me la cortan. ¡Qué bien!, así podré ver al guardia jurado del banco. Está como un tren.

He salido a la calle y he visto que hacía un poco de frío y que estaba algo nublado. Una leve brisa ha acariciado mi cara. He cogido una bocanada de aire fresco y me ha dado un ataque de tos. No he podido evitar soltar una pequeña carcajada, lo que ha empeorado la situación. Cuando me he recuperado, he visto que el portero me miraba impresionado (le he dejado cao con mi nuevo look). Le he sonreído y le he dado los buenos días. Él no ha respondido, cohibido por mi presencia, y ha seguido barriendo las hojas, como si no me hubiera visto. Pero le he calado. Sugerentemente, he empezado a caminar, cimbreando las caderas para dejarle sin habla por una semana. Entonces he notado que mi pie derecho resbalaba: dicen que pisar una caquita de perro trae buena suerte. He mirado para atrás un poco azorada, pero no había ni rastro del portero (menos mal).

De camino al metro, he pensado: mejor voy por el parque, hoy debe estar precioso. Porque hoy es hoy, porque soy como soy. La verdad es que es una suerte vivir tan cerca del Retiro. Hoy estaba alucinante. He visto una ardilla que subía astutamente por el tronco de un árbol. La he llamado y ha venido un mastín guapísimo, con las patazas llenas de barro y la boca llena de babas y se me lanzado. No sé como no me he caído al suelo. Entonces ha venido el dueño, un chaval de unos diecisiete años de los de ahora, alto y fuerte. Me ha mirado ruborizado y me ha pedido excusas, sin poder quitarme la vista del escote. Me he sentido un poco desnudada, pero también alagada, seguro que el chico va a pensar mucho en mí. Le he dicho que no se preocupara, y me he ido, aunque antes he fingido tropezarme, para que me pudiera ver mejor. Ahí sí que me he caído, porque el chavalín estaba corriendo detrás de su perro y no se ha dado cuenta.

Me ha costado un poco levantarme (los riñones me estaban matando) y ha empezado a soplar el viento. En un segundo, el cielo se ha puesto negro y ha empezado a granizar. Me he ido corriendo al metro. Justo antes de salir del parque, me he resbalado y se me ha roto el tacón del zapato izquierdo. La verdad es que no aguanto los zapatos de tacón, así que con una repentina decisión me he quitado el otro zapato y le he roto el tacón yo misma. Me he manchado un poco de barro, pero ha merecido la pena.

Al llegar al metro, me he dado cuenta de que se me había olvidado el abono transportes en casa. Como no había taquilla y sólo tenía un billete de treinta euros, me he tenido que ir a la otra entrada: me he calado hasta los huesos, pero me encanta sentir mi pelo mojado contra mi cara (aunque me ha arruinado la permanente).

Al entrar al vagón, me he sentido la reina. Todos me miraban, hombres y mujeres. Y los hombres no podían quitar la vista de la parte alta de mi corpiño. ¡Qué éxito el canalillo!

Cuando estábamos entre Avenida de América y Cruz del Rayo, el tren se ha parado de repente y se han apagado las luces. Nos hemos quedado allí en total oscuridad. Al principio, algunos bromeaban, pero de repente todos nos hemos quedado callados, esperando. Entonces, lo he sentido: un leve roce en mi trasero. Me he sorprendido pensando lo tímido del roce, en lugar de escandalizarme por el asunto. No sé lo que me ha pasado, pero me ha excitado muchísimo. He esperado, pero no había respuesta. Ahí estaban tocándome, pero sin atreverse a nada más. Me he movido ligeramente hacia él, para darle una pista y él no ha retirado la mano. De repente me he sentido, mitad traviesa, mitad perversa, ahí en la oscuridad, dejando que me tocara un desconocido. Hemos proseguido los roces, y, a pesar de la levedad del contacto, me he visto excitadísima y no he podido evitar jadear un poco. Los movimientos suyos han tomado un modo rítmico, sin timidez, tocándome un instante para separarse luego y repetir el proceso, como si su mano rebotase, hasta que se han cortado bruscamente. Entonces, se han encendido las luces de repente. Él debe haberlo sospechado. Le he buscado, pero a mi alrededor solo había tres mujeres, de las cuales una no me quitaba los ojos de encima, sujetándose el bolso con mirada suspicaz. En fin, nunca sabré quien fue mi misterioso amante.

Con todos estos contratiempos, he llegado un poco tarde al trabajo, por primera vez desde que entré hace tres meses. Pero, eso sí, he sido la gran atracción: mis compañeras y, sobre todo, mis compañeros no han podido quitarme los ojos de encima. A todos se les desviaban la mirada hacia mi corpiño. Una amiga se ha levantado y se me ha acercado para decirme:

-¿Cómo te atreves a venir con esas pintas?

Desde luego las hay envidiosas. Entonces ha aparecido el jefe y mi amiga se ha sentado corriendo, pero yo me he sentido audaz y me he quedado ahí, de pie, esperando a que llegase hasta mí. Le he visto mirarme impresionado. Es que hoy estoy que lo rompo. Fíjate, qué de la emoción, ni siquiera me ha reconocido. Me ha preguntado que quién era y cuando le he dicho que trabajaba para la empresa, se ha puesto colorado (es que está casado y le estaban viendo todos mirándome como una bestía parda) y me ha echado. Pobrecito, lo que tiene que hacer para guardar la apariencias. Le he guiñado un ojo antes de irme, seguro que me llama un día de estos.

He pasado por el baño, antes de salir, y me he visto en espejo. ¡Qué horror!, espero que nadie se haya dado cuenta, imagínate que corte. Resulta que tenía manchado todo el escote con barro en forma de huella. Y, ¡como el perro era pequeñito!. Me he limpiado un poco y he salido a la calle, dispuesta a disfrutar del día.

Como tenía tiempo, me he puesto a pasear sin rumbo, a disfrutar del día. He visto a la gente y me han dado ganas de ponerme a gritar que me sentía bien, a gusto, feliz. No he podido evitarlo, pero una gran sonrisa me ha ido acompañando durante todo el camino. He sentido que lo tenía que compartir y me he puesto a mirar a todos con los que me cruzaba. Ha sido muy divertido: tres personas se han cambiado de acera, dos me han dicho que lo sentían, pero que no tenían nada, y una viejecita simpatiquísima me ha dado una moneda de cinco céntimos, "para que me compre un bocadillo".

Yo no he sabido que decir. Entonces, me he visto al lado de la biblioteca a la que iba mi antiguo novio y he decidido entrar a ver si le veía. Cuando he ido a cruzar la calle, ¡no veas que emocionante!: casi me atropella un coche que se ha saltado el semáforo, del pitido que ha metido casi me da un infarto. He entrado en la biblioteca y, cuando he llegado al piso de arriba, he visto a mi ex en el ascensor. Él no debe haberse dado cuenta porque justo cuando su mirada se ha juntado con la mía ha girado la cabeza bruscamente y se ha puesto a mirar el suelo. Le he visto estupendo, como menos pálido que antes, así con la mejillas sonrosadas. He pensado en bajar por las escaleras para saludarlo, pero, de repente, me ha asaltado una duda tremenda, y, como estaba en una biblioteca, me he quedado a ver si encontraba la respuesta.

Fíjate, con la cantidad de veces que lo he podido pensar hasta ahora, pero no se me había ocurrido. La verdad es que me he puesto un poco filósofa, que se dice. ¿A qué huelen las cosas que no huelen a nada? Me he acordado del colegio. Sí, había un filósofo muy famoso que había dicho lo mismo, pero en ese momento no he conseguido acordarme de quién era. Le he preguntado al bibliotecario, que me ha mirado con una sonrisa pícara: seguro que no está acostumbrado a que nadie le haga preguntas tan serias, y me ha dicho:

-No sería: "yo sólo sé que no sé nada".

Y, a lo mejor, tenía razón, se parecen mucho. He asentido y me ha mandado a la sección de cuentos infantiles. Me he pasado más de dos horas buscando, pero no lo he encontrado.

De repente, he sentido un hambre tremenda, he mirado el reloj y me ha sorprendido ver que ya eran la seis de la tarde. ¡Esto de los libros sí que es una buena dieta! He salido a la calle, todavía pensando en como olerían las cosas que no huelen a nada, cuando me he olido la respuesta (je, je, que graciosa estoy hoy): las cosas que no huelen a nada huelen a hamburguesa. Ahí había un Burger King de esos que me había prohibido desde que empecé con el régimen hace seis años. Pues, un día es un día, y he entrado. Había un barullo tremendo, porque estaban celebrando el cumpleaños de una niña guapísima. La he ido a felicitar y la niña se ha puesto a llorar (claro, imagínate que emoción en tu cumpleaños). Entonces sus amiguitos han empezado a tirarme papeles, pajitas, bolsas de tomate y mostaza, vamos de todo. Ha sido muy divertido, hasta que ha subido el encargado y me ha dicho que debería darme vergüenza hacer esas cosas a mis años. Pobrecito, la verdad es que es un trabajo estresante, lleno de responsabilidades. Me he escabullido y he pedido una hamburguesa que estaba de oferta. No veas que rica, al final me he comido seis.

Cuando estaba dudando de si comprarme otra o no, he mirado al suelo y he visto una tortuga. La he cogido para verla mejor y, cuando se la iba a llevar al encargado para que preguntara de quien era (quién sabe, podía ser de una señora rica muy simpática que me llevara de excursión a Aranjuez, para ver a su nieto el mago), ha venido un señor y me ha dicho que soy una gorda ladrona y que le devolviera el regalo de su hija. Me ha dado la risa al entenderlo y se lo iba a explicar y decirle que me había quedado sin excursión, cuando ha llegado el encargado y me ha pedido que me fuera. Como era buena persona, me he ido, aunque se me ha caído la tortuga y se ha pillado en la puerta. Hay que ver, yo pensaba que tenían el caparazón más duro.

Me he ido corriendo, porque se estaba armando mucho escándalo. He recapacitado un poco y me he dado cuenta de lo mucho que me gusta el blanco, una cama recién hecha, el mar y los arenques en salmuera.

Ya eran las ocho y no me apetecía irme a casa. He visto un karaoke y me he metido (siempre había querido hacerlo, pero nunca me había atrevido). Había mucha gente. He cogido una canción de Ana Belén, la de la puerta de Alcalá y me he puesto a cantarla con todo el sentimiento, como hace ella. Todos se han reído mucho, es que es divertidísimo. A la cuarta vez que la he cantado se ha empezado a ir la gente, ¡claro!, tendrán que trabajar mañana. Me he pedido un whisky y luego otro y otro, la verdad es que he perdido la cuenta, pero el último no olía a nada. Entonces se me han acercado dos chicos de unos veintipocos. Uno me ha gustado mucho, alto y delgado con cara de pillo. El otro era simpático, aunque tenía muchos granos. Me he puesto a bailar con ellos y me he convertido en la reina de la pista.

Como a eso de las dos me han dicho que si les acompañaba a otro lado. Me lo estaba pasando estupendamente, así que les he dicho que sí. Hemos ido a buscar el coche, que lo tenían lejísimos. La verdad es que estaba muy mareada, pero me lo estaba pasando bomba. Hemos llegado a un descampado y el bajito ha sacado una navaja y me ha dicho que le diera todo lo que llevaba. ¡Qué bromista!. Le he dado el bolso y ha fingido enfadarse porque no me quedaba nada.

-Deja de reírte gorda de mierda.

Y me ha pegado un empujón. Me he resbalado y se me ha salido una teta del escote. Me ha hecho mucha gracia y me he sacado la otra en broma.

-A esta nos la follamos -ha dicho el gordo.

Qué gracia la forma de hablar de los jóvenes de ahora. Se me han acercado y han empezado a meterme mano. Hay que reconocer que me han puesto a cien y qué guapo era el alto.

-La zorra tiene la regla. Yo ahí no la meto - y el alto se ha ido. Mejor, parece que el gordito sabe más de estas cosas. Me ha bajado las bragas, como si yo no quisiera y me ha dicho que no gritara que si no me rajaba, pero no le he podido hacer caso, porque, que vergüenza, pero es que me ha puesto, puf, vamos que ahora ya sé lo que es un orgasmo de esos. Ha acabado en menos de un minuto y se ha ido corriendo. Hay que prisas que tienen los jóvenes de hoy en día.

Me he quedado un rato tumabada pensando en a que olerían las estrellas. He mirado el reloj y he visto que eran casi las seis de la mañana. Me he dicho, moza a casa.

No sabía muy donde estaba, así que he empezado a andar un poco sin rumbo. De repente me he visto en el viaducto. Ya han puesto las mamparas de cristal para que la gente no salte.

Entonces, he visto mi reflejo en uno de los paneles: el vestido todo roto y sucio, mi pelo revuelto, la cremallera que había cedido a la presión de mis michelines. Creo que sólo puedo definirme de una manera: grotesca. Con esa sonrisa de gilipollas como si hubiese pasado el mejor día de mi vida. Lo he pensado: el cabrón de mi novio lleva cuatro meses sin escribirme y recibo un aviso de cobro de la luz, mis vecinos o me ignoran o piensan que soy una gorda asquerosa, he ido haciendo el ridículo con un traje de fiesta para una chica con diez años y veinte kilos menos que yo, manchado por la huella de un perrazo, me han echado del trabajo, he visto a mi ex y no se ha dignado ni a saludarme, he matado a una tortuga rompiendo el corazón a una niñita de mierda, me han querido robar y un hijoputa me ha violado, y, encima, me he comido seis hamburguesas.

De repente me he visto allá arriba, encima del panel. No me he dado cuenta de como, pero ahí estaba. He mirado al suelo, allí abajo, no pasa ni un coche. He mirado a mi alrededor y he visto las calles desiertas iluminadas todavía con farolas, aunque empezaba a amanecer, esas calles que mañana volverán a llenarse se esa gente asquerosa que no sabe compartir tu felicidad y que, no contentos con eso, te van hundiendo en el fango hasta que te sientes tan miserable como ellos. Sé que no me van a echar de menos, por lo menos a ver si me ve alguien y le jodo el día. He saltado.

El suelo se acerca de prisa y siento un cosquilleo en mi entrepierna. Miro y veo que, de repente, las alas de mi compresa se despliegan. Voy a chocar contra el suelo, pero en un instante remonto el vuelo, encima de mi compresa. El cielo se llena de colores y veo la ciudad allá abajo, pequeñita, sucia, sin vida. El aire está lleno de liquiditos azules y de zumo de naranja, de risas, nubes y cosas que no huelen a nada. A mi alrededor veo a cientos de mujeres que también vuelan con sus compresas. Ya sabía yo que era mejor que los tampones. El viento se llena de música: es Satisfaction de los Rolling.

Mi pelo vuela conmigo, soy feliz de ser como soy, de ser mujer. Veo una plataforma en una nube, hacia allí nos dirigimos. Es como la entrada de Pachá, pero da a la escalinata de un palacio. Cambia la música: taratitotiii, tarariroriii tatatito tatito tatitoti... sorpresa sorpresa, y ahí esta Isabel Gemio esperándonos a todas.

Me río a carcajadas. Desde luego, Mick Jagger no tenía ni puta idea.

lunes, diciembre 25, 2006

Mensaje de su Majestad



Aquí tenéis una herejía, por si lo preferís.

domingo, diciembre 17, 2006

Apócrifo, pero cierto: Historia de un chófer

Otto von Müller aceptó con indiferencia la noticia que le comunicó el réctor de la universidad. Hombre desapegado y conformista, cuya mayor virtud era la dejadez estoica, escuchó las palabras de su máximo superior sin apenas dibujar un gesto. Dicen los que le vieron que el asomo de un movimiento afirmativo fue todo lo que pudieron leer, más allá de su expresión conforme. Alguno insinuó, tras intercambiar unas palabras con Otto, que la indiferencia que le causó la noticia sólo era comparable a la que le producía el inesperado declive de la caza del pato en su pequeña, aunque encantadora, localidad natal.

Aquella mañana se dirigió a la oficina y, en lugar de tomar las llaves de la camioneta, que había conducido en los últimos dos meses, cogió las del coche oficial del réctor. Con un saludo desmañado, se despidió del conserje y dirigió el vehículo a la dirección estipulada.

Un joven de aspecto despistado, de asombroso parecido con Otto, le esperaba desgarbadamente en la acera de la calle. Otto bajó la ventanilla del coche.

-¿Es usted Albert Einstein?

-En efecto- replicó el joven.

-Suba, voy a ser su chófer. Me llamo Otto.

Sin mayor ceremonia, el joven se introdujo en el vehículo y Otto condujo hacia las afueras de la ciudad. Una hora más tarde, los dos hombres llegaban a una pequeña sala de conferencias, en el ayuntamiento del alegre pueblo. La sala estaba llena a rebosar. Una espectacular ovación saludó su llegada. Albert y Otto caminaron juntos hasta la primera fila de la sala. Allí sus caminos se separaron: Albert se encaramó a la tárima y Otto se sentó en un asiento reservado. El silencio se hizo en la sala.

Una hora más tarde, una nueva ovación festejó el final de la charla. Albert asintió modestamente y esperó el turno de preguntas. El silencio del momento rivalizó con el que sólo se puede sentir en el vacío. Tras unos segundos de pausa, una nueva ovación anunció el fin del escueto turno de preguntas.

Otto condujo a Albert hasta su casa. Cuando estaban a punto de despedirse, Albert le propuso a Otto tomar una cerveza en una pequeña taberna cercana. Otto asintió sin dubitar, tal era su talante ante este tipo de ofrecimientos. Así nació una peculiar amistad.

Otto no entendía nada de la teoría de Einstein, pero escuchaba sus conferencias sin perder detalle, disfrutaba del silencio incómodo que invadía los salones, cuando se iniciaba el temido turno de preguntas, sonreía ante el alivio que se producía invariablemente cuando éste terminaba y se deleitaba en el mudo tránsito de la conferencia a la pequeña taberna, donde había surgido su peculiar amistad.

Tras el primer y pausado trago -nunca antes- de una cerveza bien tirada, los dos jóvenes se entregaban a las más diversas conversaciones, que nunca trataban ni de ciencia ni de asuntos personales.

Dos meses más tarde, tras una nueva conferencia sin preguntas -lo que suponía un pleno desde que Otto conducía para Albert- y después del primer trago, Albert introdujo un inesperado cambio en su diálogo.

-Otto, ¿tú qué opinas sobre la teoria de la relatividad?

Otto dejó fluir la cerveza todo el largo recorrido de su estrecho esófago, antes de responder con su insuperable pachorra:

-Creo que lo mismo que el resto de tus conferenciados: no entiendo una palabra.

Albert recibió con una cálida sonrisa esta respuesta.

-Sin embargo -continuó Otto-, creo que sería capaz de reproducir tu charla palabra por palabra.

La sonrisa de Albert se ensanchó ligeramente. El ensanchamiento creció gradualmente, mientras Otto, en la pequeña taberna que había cobijado su amistad, repetía cada palabra de la conferencia de Einstein, sin errar una sola coma.

-¿De qué te ríes? -indagó Otto.

-De nada -respondió Albert-. Creo que mañana me apetece conducir.

Una estruéndosa ovación recibió a los dos jóvenes, la tarde siguiente. El teatro de la pequeña localidad estaba completamente abarrotado. Cientos de entusiastas y curiosos dieron rienda suelta a su emoción ante la llegada del ilustre creador de la teoría de la relatividad. Con asombrado deleite, le observaron alzarse hasta el escenario. Todos los ojos del recinto se enfocaron en su desgarbada figura. Nadie reparó en su nervioso acompañante, que se ceñía su gorra de chófer, mientras esperaba el comienzo de la conferencia.

Tras un principio algo titubeante, Albert pudo respirar tranquilo, desde el anonimato de la primera fila del patio de butacas. Tal y como había hecho en la taberna, Otto fue completando la conferencia de Albert sin ningún fallo. Nadie se dio cuenta del intercambio y Einstein se relajó hasta el final de la primera ovación que jalonaba sus charlas.

Otto, como si lo hubiese hecho toda su vida, anunció el turno de preguntas. El familiar silencio rellenó todo el auditorio. Las miradas, por primera vez, esquivaron la figura de Otto y Albert pudo respirar tranquilo. Otto se disponía a dar por concluído el turno y recibir la merecida segunda ovación, cuando un joven de la tercera fila se levantó y preguntó:

-Perdone, profesor, podría explicarme el porqué del segundo término de la tercera ecuación de la cuarta pizarra.

Un escalofrío recorrió la espalda de Albert Einstein, en sentido contrario a una gota de sudor, que se había condensado desde su más profunda inquietud.

Otto dirigió la mirada hacia el joven de la tercera fila, prácticamente sin inmutarse. Algunos de los que le vieron hablaron de una sombra de aburrimiento. Nada que se pareciera al tremendo nerviosismo que se había adueñado del creador de la teoría de la relatividad.

-Esa es una pregunta muy sencilla -respondió Otto con parsimonia-. Dejaré que mi chófer le conteste.

jueves, diciembre 07, 2006

Tócala otra vez, Han

Salgo de mi prolongado silencio para comentaros que he añadido un ítem a mi producción literaria. De hecho, parte de la culpa de mi ausencia bloggera en los últimos tiempos se le puede achacar a esta adaptación teatral de Woody Allen. Casi se podría hablar de coescritura, ya que del manuscrito final, Woody Allen es responsable del sesenta por ciento y yo del otro cuarenta.

He pillado el texto de "Sueños de un seductor" y lo he adaptado a los nuevos tiempos, porque la vamos a representar en el cole, y a los chavales Casablanca y Humphrey Bogart no les acaban de sonar. Podemos hablar de una versión friki: Bogart se transforma en dos personajes: Han Solo y Darth Vader, que serán los nuevos consejeros del alter ego de Mr Allen en la obra. La necesidad de introducir nuevos personajes (por imperativo de reparto) me ha hecho escribir tres nuevas escenas, que representan distintos sueños del protagonista. En estas escenas oníricas, Allan (le prota) descubre detalles sorprendentes de la vida matrimonial de Han Solo y la princesa Leia.

Resulta que, diez años después del retorno del Jedi, esta vida no existe. Han y Leia siguen siendo novios, pero no conviven. El motivo inicial fue Chewaka, pero al principio de la obra, el wookie acaba de dejar a Han, ya que se ha enamorado de una joven ewok de buen ver. Leia está muy contenta porque cree que al fin ha llegado su momento, pero Han tiene otros planes: Iñaki es su nuevo compañero de piso (un tipo guarro, juerguista, sin escrúpulos (el alter ego de el puto inquilino en la obra) que acabará tirándole los tejos a Leia en el tercer sueño y sorprenderá a todos con su verdadera identidad).

Los sueños suponen una narración paralela a la historia original. Su fluida narrativa, sus diálogos ingeniosos y sus situaciones inverosímiles elevan el texto de Woody Allen hasta el nivel de obra maestra. Es cierto que algunas escenas del original quedan eclipsadas por la brillantitud de las nuevas aportaciones, pero estos son los riesgos que se corren al escribir una obra a medias.

No os escribo más detalles. Ya os avisaré para el estreno.

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